23 de febrero de 2010

Reloj de agua

Son las cuatro en mi reloj de agua

y el agua es a la vez Tiempo y Nada.

El Tiempo es azul

y Nada es nada.

Es tan simple que parece sencillo

llenar los minutos y las horas,

llenarlos de agua y dejar

que nada los toque.

Bizcocho de Febrero

Mediodía huele a naranja en tu cocina,

es la luz con canela en el horno

y el tacto dorado de tus dedos repartiendo azúcar.

Abres la mano para liberar tu olor de avellanas

y es tu lengua lo más crujiente de todo.

No se me ocurre un color más tostado

que el de la miel de tus ojos-almendra

mientras cantas en la cocina.

Y yo vuelvo a sentirme niña

adicta a las tardes y a las meriendas,

al chocolate caliente y a los besos templados,

y vuelven tus manos a trabajar la masa,

y a mí me parece que me acaricias por dentro

y que después me abrazas.



Revelación

Alineación a la derecha Fotografía: Jelena Lappo


Todo es fruto tuyo,
todo cuanto miras,
lo que ves y lo que no ves.
Todo se recoge y se condensa
en la niebla de tu espejo cuando te bañas.
A un lado las olas de tu cuerpo,
al otro el acantilado de tu boca,
en medio las palabras náufragas
como aquellos violines del Cantábrico
que me hicieron temblar una vez.
Sentir que todo es tuyo
sin levantar la vista,
sin ni siquiera abrir los ojos,
eso lo explica todo,
todos los libros se escriben aquí,
en tu bañera,
frente al espejo.

27 de octubre de 2009

El genio de la botella


El genio trepó por el cuello de la botella y consiguió abrirla. Salió dando vueltas como una pirindola. No hubo nube que lo acompañara porque no había tiempo para la nube. Tampoco había tiempo para la sorpresa porque el tiempo se quedó dentro de la botella. La pirindola avanzó dando vueltas hasta alcanzarme, sólo era un pequeño genio con un traje de colores, así que su deseo era sencillo: contar lunares.


El genio dio siete vueltas a mi alrededor y anotó un número en una pequeña libreta.


-¡Siete!- Dije yo creyendo adivinar el número.


-¡Ciento siete!- Dijo el genio creyendo adivinar mi edad.


Nos miramos un instante para superar el desconcierto y rompimos a reír. Vaya par de ingenuos...

Remedio para la gravedad


-Escuchando Lament, Movement in the city-


Si quiero escuchar este lamento urbano, tengo que servirme algo antes. Y eso es exactamente lo que voy a hacer.


Con el sabor de las uvas en la boca y un cigarro artesano, el lamento es un saxo llorando o gritando en una calle cualquiera del barrio francés de Nueva Orleáns; bueno, ya no hay saxos en el barrio francés de Nueva Orleáns, bueno, tampoco hay barrio francés ni calles, pero sí gente gritando...


-Escuchando Hip Drop, The Explotions-

-Escuchando Big Chief, Professor Longhair... y silbando.



25 de marzo de 2009

Parar el tren

Pare el tren, que me quiero bajar.

Señorita, el tren no se puede parar así como así.

Pues entonces abra esta maldita ventanilla, para que al menos saque un suspiro.

Esta ventanilla no se puede abrir, lo siento.

Bien, pues entonces patalearé.

Al cabo de un rato pataleando…

Si sigue usted así, señorita, tendré que pedirle que se descalce; está molestando al resto de pasajeros.

¿Al resto de pasajeros? ¿Qué pasajeros? ¿No ve que voy sola en este vagón?

¿Pero qué vagón? Este vagón, como usted lo llama, es mi cabeza.

¿Ah, sí? No me diga...

30 de septiembre de 2008

Tormenta

Cayó un rayo frente a la ventana mientras yo miraba. La noche se hizo trizas. El aire se escondió en los balcones. Las siniestras luces desdoblaban geranios y petunias; pobres pétalos llenos de congoja, parecían los efectos secundarios de un mal viaje. Sobre ellos dirigió la lluvia su pelotón de fusilamiento. “Quiero verte sonreír”, me acordé entonces de sus palabras, esa exigencia imperativa, eso sí, cargada de buenas intenciones. Abrí la boca y se me escapó un relámpago, una milésima parte de lo que pude haber sonreído. Los geranios me miraban aterrados; tan pequeño es su mundo de balcones que cualquier hecho los desborda. La tormenta es un suceso de dimensiones catastróficas que arroja barro y hojas al vacío; tan violento es el torrente que hasta los ojos huyen de mi cara. Con los ojos rodando ladera abajo, la mirada acaba sumergida en el río. Encuentro dos de sus verbos favoritos puliendo piedras en el fondo: “quiero verte”. La lluvia sigue en su empeño vertical de acabar con todo. Hasta yo desaparezco de mi balcón y de su frase. “Quiero” es, al fin, una palabra limpia que flota en los charcos después de la tormenta.