27 de octubre de 2009

El genio de la botella


El genio trepó por el cuello de la botella y consiguió abrirla. Salió dando vueltas como una pirindola. No hubo nube que lo acompañara porque no había tiempo para la nube. Tampoco había tiempo para la sorpresa porque el tiempo se quedó dentro de la botella. La pirindola avanzó dando vueltas hasta alcanzarme, sólo era un pequeño genio con un traje de colores, así que su deseo era sencillo: contar lunares.


El genio dio siete vueltas a mi alrededor y anotó un número en una pequeña libreta.


-¡Siete!- Dije yo creyendo adivinar el número.


-¡Ciento siete!- Dijo el genio creyendo adivinar mi edad.


Nos miramos un instante para superar el desconcierto y rompimos a reír. Vaya par de ingenuos...

Remedio para la gravedad


-Escuchando Lament, Movement in the city-


Si quiero escuchar este lamento urbano, tengo que servirme algo antes. Y eso es exactamente lo que voy a hacer.


Con el sabor de las uvas en la boca y un cigarro artesano, el lamento es un saxo llorando o gritando en una calle cualquiera del barrio francés de Nueva Orleáns; bueno, ya no hay saxos en el barrio francés de Nueva Orleáns, bueno, tampoco hay barrio francés ni calles, pero sí gente gritando...


-Escuchando Hip Drop, The Explotions-

-Escuchando Big Chief, Professor Longhair... y silbando.



25 de marzo de 2009

Parar el tren

Pare el tren, que me quiero bajar.

Señorita, el tren no se puede parar así como así.

Pues entonces abra esta maldita ventanilla, para que al menos saque un suspiro.

Esta ventanilla no se puede abrir, lo siento.

Bien, pues entonces patalearé.

Al cabo de un rato pataleando…

Si sigue usted así, señorita, tendré que pedirle que se descalce; está molestando al resto de pasajeros.

¿Al resto de pasajeros? ¿Qué pasajeros? ¿No ve que voy sola en este vagón?

¿Pero qué vagón? Este vagón, como usted lo llama, es mi cabeza.

¿Ah, sí? No me diga...

30 de septiembre de 2008

Tormenta

Cayó un rayo frente a la ventana mientras yo miraba. La noche se hizo trizas. El aire se escondió en los balcones. Las siniestras luces desdoblaban geranios y petunias; pobres pétalos llenos de congoja, parecían los efectos secundarios de un mal viaje. Sobre ellos dirigió la lluvia su pelotón de fusilamiento. “Quiero verte sonreír”, me acordé entonces de sus palabras, esa exigencia imperativa, eso sí, cargada de buenas intenciones. Abrí la boca y se me escapó un relámpago, una milésima parte de lo que pude haber sonreído. Los geranios me miraban aterrados; tan pequeño es su mundo de balcones que cualquier hecho los desborda. La tormenta es un suceso de dimensiones catastróficas que arroja barro y hojas al vacío; tan violento es el torrente que hasta los ojos huyen de mi cara. Con los ojos rodando ladera abajo, la mirada acaba sumergida en el río. Encuentro dos de sus verbos favoritos puliendo piedras en el fondo: “quiero verte”. La lluvia sigue en su empeño vertical de acabar con todo. Hasta yo desaparezco de mi balcón y de su frase. “Quiero” es, al fin, una palabra limpia que flota en los charcos después de la tormenta.

25 de agosto de 2008

Algodón 100%

Esta mañana me despierto con el interruptor encendido. Suena la música lejana, como una tormenta que se avecina. Las nubes son pequeñas hordas de murciélagos que pretenden la noche a pleno sol, y el sol… el sol es un tambor con el cuero roto.


Me despierto lentamente, como si en realidad no quisiera despertar a nadie. La visión a ráfagas de mi pequeño mundo sólo me permite volver a abrazar la almohada, como si ese cuerpo de tela pudiera dejar de confundirme. Pero no lo hace. Yo también siento ser de algodón.

Hago un esfuerzo para no dedicar ninguna canción a nadie, pero la borrasca avanza imparable y los murciélagos acaban colgándose en las líneas del pentagrama; es imposible no ponerles nombre. A cada nota su nombre, y en medio, varios silencios... ¿Ausencia de murciélagos, o es que no hubo nadie que llenara ese tiempo?... Qué dulce mi almohada, que tanto se deja querer.

No sé el tiempo que llevo enredada entre estas sábanas, entre otras cosas porque el tiempo ha dejado de latir. Ahora no cuento con ninguna cadencia, todo se precipita o se suspende en el aire. Y en ambos casos el peso es insoportable. Y pienso, mientras te abrazo, que tienes que dejar de dolerme, mi querida almohada.

22 de agosto de 2008

Rebrotes

Foto: Kassandra



Me doy cuenta de que sólo quiero florecer. Eso, siendo hoja, es como ser pájaro y querer irse con las mariposas monarca, pero no me resisto a germinar unos capullos de rosa en el vientre, o a guiar los zarcillos de tu enredadera alrededor de mis pezones. Es ésa mi manera de abandonar lo estéril; dejar que acabes entre mis muslos y riegues los helechos que allí te encuentres.


Hola.


15 de agosto de 2008

Sóplame


Me voy unos días.
Ya me estoy yendo...